domingo, 19 de septiembre de 2021

Rodeado de adultos

 Estoy en una terraza en el centro de Sabadell. Pantalones de hipilongo, cami de los chikos del maíz, riño y El Salto en la mesa. Junto a él, una Alhambra 1925. En la riño un iPhone 12 y airpods en las orejas. El sol en la cara y Los Delinquentes en los oídos. Me encanta sonreír a los desconocidos y, en días como hoy, me encanta mi vida.

martes, 10 de agosto de 2021

Agallas

Lo que más me gusta de volver a Mérida es irme a tomar unas cervezas con mis padres. Un simple aperitivo que se torna en horas en una terraza del barrio. Intentar disimular que me estoy emborrachando como si volviese a tener quince años hasta percatarme de que ellos están más contentinos que yo. Tener la cena medio lista en casa pero pedir una ración, que aquí están muy buenas. Mi madre diciendo que no quiere nada, y siendo finalmente la que más engulle. Mi padre llamando a cada persona que nos atiende por su nombre, sin importar el lugar. Y esas personas teniendo que aguantar los chascarrillos de Juan como cada día. Las conversaciones con la mesa de al lado; ¿y este es el pequeño? Madre mía como está ya. Mi madre aprovechando para hablar todo lo que calla en casa. Y cuando claramente llega la hora de irse y mi padre alza la mano, y en lugar de pedir la cuenta pide dos cervezas más. Me gustaría pensar que simplemente aprovecha la ocasión de que estoy yo y le puedo acompañar con una cerveza más, pero la cara de resignación de mi madre me indica que no, que siempre es la misma historia. Nunca perdona esa cerveza, la última, la que nadie bebería, solo él. A veces pienso que bebo demasiada cerveza. Enseguida viene a mi mente mi padre diciéndome "¿de verdad no te vas a pedir una jarra?" y quejándose de todo el vino que bebía mi abuelo y se me pasa.


Otra cosa que me gusta mucho de volver a Mérida es reencontrarme con una baldosa de mi calle. Volver distraído a casa, pasar por su lado y que mi memoria viaje en el tiempo instantáneamente. No es una baldosa cualquiera; es una baldosa suelta. Cuando llueve, el agua se acumula en sus entrañas y cuando la pisas, la suelta toda. Hasta la última gota. Y te empapas los zapatos. Y te sientes el ser vivo más estúpido que habita en este planeta. Cada mañana camino al instituto pasaba por su lado. Bueno, miento, pasaba por encima suya. Y me mojaba. Y me juraba que al día siguiente no me volvería a pasar, que prestaría atención y que esta vez sí, evitaría esa maldita baldosa. Hasta que pasaban 24 horas y, completamente ensimismado, volvía a pisarla.


Cuando he pasado esta mañana a su lado, la baldosa me ha recordado un episodio con Eva. Eva era una chica de mi instituto, mayor que yo, con unos ojos preciosos y un aura bastante enigmático. Jamás intercambié más que un par de palabras con ella, pero era indudable que me gustaba. Me gusta mucho observar a las personas y, más concretamente, mirarlas a los ojos. Me quedaría a vivir en algunas miradas. A muchas les incomoda de sobremanera, lo que me hace ir con pies de plomo, especialmente con las mujeres. Yo disfruto mucho esos momentos, pero me atemoriza pensar que esa chica se va a sentir incómoda al sentir que la estoy mirando. Me encantaba observar a Eva. Aún recuerdo que me ponía nervioso cuando ella se acercaba en el instituto, y cómo de bobo me sentía cuando me cruzaba con ella por el barrio y al unísono ella me saludaba con un 'hola' y yo pronunciaba un 'adiós'. Hoy he recordado como un anodino mediodía en el que yo volvía del instituto con un colega, Eva nos gritó desde unos metros más atrás para que la esperásemos. Era la ocasión perfecta para entablar algo de conversación con ella. Mi yo de 15 años optó por inmediatamente despedirse de mi colega y cambiar de acera. -Por qué te vas- me preguntó ella. -Porque vivo aquí enfrente- dije yo, a lo que siguieron 300 metros andando en paralelo al otro lado de la calle que se hicieron eternos.


Me gusta pensar que yo soy así, que hallo la felicidad contemplando a ciertas personas desde la distancia sin pretender nada más. Sin embargo, en ocasiones me dan arrebatos de honestidad y reconozco que eso no es así, que yo hubiese sido más feliz besando a Eva que contemplándola desde el otro lado del patio, y que lo que realmente se escondía detrás de ese cruzar la calle no era otra cosa si no cobardía. No es que me gustase el status quo, es que me daba miedo intentar mejorarlo. No sé si era miedo al rechazo o qué, pero sin duda era miedo.


Este episodio de cobardía no ha sido la excepción si no la norma en mi vida. En numerosas ocasiones me sentí como con Eva. Y en muchas de ellas, tiempo después, descubrí que la curiosidad por la otra persona era recíproca. Tampoco es algo acotado al amor si no que he ido arrastrando esta intrínseca cobardía a lo largo de demasiadas decisiones en mi vida. Ojalá algún día poder perdonarme la mayor de todas ellas: no decirle a Iris que estuve hablando con Aitana durante el confinamiento. 


Siento que en los meses venideros tomaré decisiones que marcarán el rumbo que tomará mi vida. Dicen que hay que conformarse con las cosas que no se pueden cambiar, que hay que tener valor para intentar cambiar las que sí se pueden cambiar y que hay que tener sabiduría para distinguir unas de otras. A mí me falla lo de la sabiduría. Espero encontrar en estas cervezas con mis padres la valentía que necesito. Como dice la canción de Berri Txarrak: burua galdu, bihotza eman. 

viernes, 30 de julio de 2021

Soilik Agur

Como ya he hecho alguna vez, dejo al comienzo de la entrada una canción que está sonando en mi cabeza mientras escribo estas líneas y que aconsejo escuchar mientras las lees. Y dado que esta vez es en euskera, aconsejo también leer la traducción de la letra antes de comenzar



Hace tres semanas murió una persona muy especial para mí. Esa persona me dijo que ella sólo quería vivir siendo auténticamente ella. En palabras textuales suyas (realmente no son textuales ya que no me puedo acordar literalmente de las mismas, pero en esencia eran las siguientes), cuando sea una vieja chocha y no sea yo misma, yo no quiero seguir viviendo. Yo era solo un niño, y tiempo después (mucho tiempo después) descubrí que por aquel entonces ella estaba haciéndose cargo en solitario del cuidado de una persona con Alzheimer. En concreto, de una persona que la había acompañado durante prácticamente toda su vida y con la que había formado una familia.

Estos días he estado reflexionando mucho sobre ella -quizás salga otra entrada de estas reflexiones- y sobre la legalidad de la eutanasia. Afortunadamente, o más bien desgraciadamente, ella no tenía ninguna enfermedad terminal el día que murió. Sin embargo, ella ya no era ella, la demencia es impasible y cuando hablaba con ella no podía seguir viendo a mi abuela.

Nunca en mi vida he tenido pensamientos suicidas reales, pero cuando he reflexionado acerca de cómo me gustaría morir y cómo no (como todo el mundo, creo), he llegado a la conclusión de que la mejor forma de morir es el suicidio. Y es que, ¿hay una forma de morir más digna que elegir tú mismo cuándo y cómo morirse? Me gustaría que un día llegase el momento en el que, habiendo vivido tanto y tan bien, decidiese que ya he tenido suficiente. Mi funeral sería el primero en el que el muerto te recibiese con un abrazo y te invitase a pasar a por una cerveza fría.

Espero que no se me malinterprete; esto no es una justificación del suicidio, nada más lejos de la realidad. Pero creo que nadie, literalmente nadie, elige venir a este mundo y tener vida, y por ende, creo que a nadie se le debe de negar el derecho a dejar de tenerla.


Esta entrada fue escrita el 16 de noviembre de 2020, durante la pandemia de COVID-19 que le costó la vida a mi abuela. Cuatro meses después, se aprobó en España la Ley de Eutanasia.

domingo, 30 de agosto de 2020

El fin de la deriva

 Termina agosto, y con él se termina también mi deriva, esa que tanto vértigo me daba y con la que empecé este blog.

Creo que es una buena idea volver atrás y recapitular lo que ha deparado este último año (ya no por que sea interesante que los demás -vosotras- lo conozcáis, si no porque creo que es un ejercicio que me vendrá bien para hacer balance y poner en perspectiva el año, y estoy seguro de que a mi yo del futuro le encantará volver aquí y repasar que deparó el año más intrascendente y a la vez el más importante y complicado de explicar de lo que llevo de vida).

El verano pasado fue sencillamente increíble. Fue un verano que sirvió de epílogo del Erasmus (tanto en Bélgica como en España), de reencuentros y también de conocer -y reconocer- nuevas personas. También fue un verano de acontecimientos y noticias importantes. En el camping de un festival preparé la presentación de la defensa de mi TFG, y en el camping de otro festival me enteré que me habían otorgado la matrícula de honor (con un 9,9, a pesar incluso de que meses después fuese nombrado como uno de los 8 mejores TFGs de España en el área de economía. Gracias, María José. De corazón.)

También fue en el verano pasado cuando ocurrió lo más importante de esta Deriva, y es que decidí casi con total seguridad a donde encaminar mi vida. Y así debía ser, pues el año en casa debía servir no solo para pensar -que también- si no para actuar y, como bien pude comprobar, ciertos plazos vuelan.

Como ya dejé entrever en la entrada "¿Prefiero ser un indio que un importante abogado?", opté por la opción del mainstream. Y a ello me puse: buscar másteres (únicamente en España, ya que después de mi paso por Lieja no me apetecía irme al extranjero por un tiempo, si bien Portugal era una excepción que estaba más que dispuesto a aceptar), planes de estudio, salidas hacia un doctorado, plazos y requisitos. También muchos correos y consultas.

Fui perfilando la lista y acabé teniéndolo claro: los tres mejores programas de doctorado en economía en España son los de la Autònoma de Barcelona, Pompeu Fabra y Carlos III de Madrid. También incluí en mi lista los que consideraba los mejores de Portugal, ISEG y la Nova de Lisboa. En caso de no ser admitido en éstas, había otras opciones, pero los requisitos eran menores y los plazos comenzaban más tarde, así que no me preocupé en demasía. 

Así pues, me puse manos a la obra. El primer paso fue el C1 de inglés, y después el GRE (un examen estandarizado típico de los postgrados estadounidenses, cada vez más común en universidades europeas. La parte que me interesaba es el examen de razonamiento cuantitativo, ya que en estos programas exigen un nivel mínimo en matemáticas y la fuente más fiable para las universidades para conocer el nivel de un alumno, antes que las notas de la carrera, es la nota en el GRE). No me encontraba realmente motivado para hacer el examen GRE (no tenía ninguna gana de ponerme a estudiar y hacer un examen así) pero una vez tuve claro que, pese a ser voluntario, el GRE marcaría la diferencia entre ser admitido y no, me decidí a hacerlo. No me perdonaría haber estado un año en casa y no haber realizado este examen.

Los plazos, que en un principio parecía cumplir sobrado, comenzaban a echarse encima. Tenía que hacer el examen antes de que acabase el año, y algunos viajes y mi pereza inicial no me dejaba mucho tiempo. El momento de preparación del GRE fue sin duda el momento de más estrés en todo el año (si bien dejó entre medias una semana de ensueño en Valencia, y dos noches en Granada y Málaga que jamás olvidaré, con sus dos respectivos conciertos con resaca de los Chikos del Maíz); y el momento en el que acabé el examen y apareció en la pantalla la nota final y que lo había logrado, el momento de más alegría. Y de tranquilidad. Ahora me cogerían o no, pero yo había hecho todo lo que estaba en mi mano (carta de motivación incluida). Nunca las navidades llegaron en mejor momento.

Siempre añoraré esos meses en Mérida, cuando el frío se iba echando encima poco a poco, cuando salía de clases de francés y me ponía a estudiar en la habitación de mi hermana; o despertarme día tras día con la casa en la que había vivido toda mi vida para mí solo.

Era 2020, ahora tocaba aprovechar los meses que quedaban. Como todo el mundo, ni si quiera podía imaginarme la que se iba a venir encima. Pero tampoco me apetece hablar de eso ahora. Sí que quiero aclarar una duda que igual algunos tenéis: ¿qué pasó, te admitieron? Os voy a ser 100% sincero. El día 1 de enero, volviendo a casa con el sol saliendo a mis espaldas, bastante borracho y con una sensación de enorme felicidad, tenía serias dudas sobre si sería admitido tan siquiera en alguna de esas universidades. No os voy a engañar, mi ego me incitaba a pensar que sería admitido en la mayoría de ellas, pero tras escuchar a mis profesores y comprender la dificultad que entrañaba ser admitido, tocaba ser realista.

Por eso mismo, cada vez que mi teléfono sonaba con la notificación de un nuevo correo electrónico me ponía nervioso, y por eso mismo recibí con enorme alegría cada carta de admisión. Las más ilusionantes fueron la primera, de la UAB, por la enorme tranquilidad que me transmitió, al constatar que había logrado el principal objetivo del año y que sí o sí estaría estudiando en una de los lugares deseados al curso siguiente; y también la última, meses después, de la UC3M, ya que ésta era en principio mi primera opción y la, a priori, más complicada y, sobretodo, porque significaba un pleno: había sido admitido en todas las universidades a las que había aplicado. Podría decir que esa última carta de admisión no cambió en nada mi futuro, pero sí que cargó mi ego hasta los topes.

Esta entrada la estoy escribiendo en Cerdanyola del Vallès, a escasos metros de la Universitat Autònoma de Barcelona. La siguiente pregunta es lógica: ¿por qué elegiste la UAB? Creo que nunca me enfrenté a una decisión tan importante. Bendito problema.

Si bien he de admitir que fue decisivo el testimonio de Ángel, uno de mis profesores de la carrera y el único que me recomendó con determinación una de las universidades en concreto, lo que me impulsó a elegir a la UAB por delante de las demás es algo mucho más sencillo y que para muchos puede parecer una tontería. Todas las universidades me comunicaron su admisión con un correo automático y extremadamente impersonal. Algunas incluso añadieron un dosier super cool de lo guay que era estudiar en su universidad. A la carta de admisión de la UAB le siguió no uno de estos dosieres, si no un correo del director del programa mucho más personal animándome a aceptar la plaza y poniéndose a mi disposición para charlar en cualquier momento.

En las sucesivas comunicaciones pude confirmar la impresión que me transmitió ese correo: cercanía. No tengo duda de que ese mismo correo le llegó a cada estudiante que fue admitido en el programa (o una versión traducida para los estudiantes extranjeros, que suponen más del 70% de los estudiantes), pero alguien que me conociese a la perfección no lo habría hecho mejor para convencerme de que aceptase. El dinero y el prestigio son variables a tener en cuenta, pero estar en un sitio donde te sientes cómodo para mí es algo inigualable.

Así que allí estaré el próximo 1 de septiembre, con mi camiseta con la cara de Lenin que reza "ritmo caribeño y flow soviético" y una enorme sonrisa dibujada en la cara bajo la mascarilla.

Y toda la ilusión del mundo. Y es que a todo el mundo le digo que me siento como cuando hice selectividad y me iba a Granada, pero la realidad es que mi ilusión es aún mayor y además llego con la lección aprendida de que debo aprovechar el tiempo. Por primera vez en mi vida estoy realmente motivado para estudiar. Esta vez no estudio porque es lo que toca, si no porque realmente quiero. Además, si bien llevo toda mi vida escuchando eso de que "el año que viene no te valdrá, tendrás que estudiar de verdad", cuando me lo han dicho esta vez sí que me lo he creído.

Así pues, os aseguro que no me falta ni una pizca de motivación. No negaré que a escasas horas de empezar esta nueva etapa tengo nervios y también muchas dudas, no tanto por si elegí la universidad correcta, si no sobre si elegí el camino correcto; algo mucho más profundo y jodido. Pero como dice Manolo Chinato al principio de Stand By: "me enervan los que no tienen dudas y aquellos que se aferran a sus ideales sobre los de cualquiera".

Creo que esta entrada está siendo bastante más larga de lo habitual así que creo que va siendo hora de terminarla. Estoy sellando este fin de la deriva y abriendo esta nueva etapa con algo de incienso y un cava barato del Mercadona. Y me gustaría brindar aunque sea metafóricamente por las personas que han supuesto una bocanada de aire fresco en esta deriva personal. Aquellos que han convertido un año presumiblemente aburrido y solitario en Mérida en algo extremadamente enriquecedor, divertido y guay. Este destierro en tierra propia se hizo llevadero gracias a Álex, Víctor, Isma, Alberto y más emeritenses. Salud.

domingo, 10 de mayo de 2020

Las personas somos un mar de fueguitos

"Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende."
Eduardo Galeano


Me encantan las personas. Me parece fascinante y diría que casi mágico la facilidad con la que algunas personas pueden despertar sentimientos en ti. Como dice Eduardo Galeano en el fragmento con el que he abierto esta entrada (procedente de su libro El libro de los abrazos), creo que hay personas que tienen una vitalidad que encandila. No sabes muy bien qué es ni por qué, pero el caso es que cuando estás con ellas te invade una sensación de felicidad. A veces ni siquiera es necesario estar haciendo algo excepcional con ellas, te vale con quedarte observándolas para que una sonrisa se dibuje en tu cara y un fuego prenda en tu corazón. Cuando no estás junto a ellas, las añoras. Te vienen a la mente en los momentos más insospechados. Y en ningún momento su recuerdo va acompañado de pensamientos negativos, si no de la felicidad de los momentos compartidos y de las ganas de los momentos aún por compartir. Diría que su mera existencia te reconforta.

Estoy releyendo mis líneas y parece que hablo de enamoramiento, y no es eso. No tienes por qué sentirte atraído por estas personas, aunque reconozco que en determinadas situaciones es complicado saber diferenciarlo. Diría que tampoco es amistad. Diría más bien que es apreciar, en el sentido de percibir algo no mediante los sentidos si no mediante la mente o la inteligencia y en el sentido de estimar. Además, otra característica que comparten estas personas es que transmiten tales sentimientos desde el momento en el que entran en tu vida, antes incluso de que al mecanismo que todos llevamos adentro que se encarga de juzgar (o prejuzgar) a todo lo desconocido le de tiempo a actuar y a realizar un sesgo hacia estas personas, lo que les dota de un cariz prácticamente místico.

También me fascinan otras muchas características de las personas, como la capacidad que tienen algunas de hacerte reír ya no sin pretenderlo si no incluso sin darse cuenta, la capacidad de decirte absolutamente todo lo que les pasa por la cabeza con un simple gesto o la capacidad de parar el tiempo. Y es que hay personas cuyo camino de la vida se bifurca del tuyo pero, tiempo después, cuando se vuelven a encontrar, sientes realmente que nada ha cambiado entre vosotras.

viernes, 4 de octubre de 2019

Bam Bam

Copiando a mi colega Fran Reyes y su ñusléter, recomiendo leer esta entrada mientras escuchas la siguiente canción, que más que definir como me siento mientras escribo estas palabras, define como no me quiero sentir nunca.



Escribo esta entrada desde Mérida, donde estaré por al menos un año. Dónde estaré en el futuro es una pregunta que creo que todo el mundo se hace. Quedarse en Extremadura es algo muy difícil, ya no digo en Mérida. Ésto, que atormentaría a cualquiera (o al menos molestaría), yo lo siento más bien como un alivio.

Antes, cuando el ciclismo aún suponía mi utopía particular y veía moverse las agujas del reloj desde el sillín de mi bicicleta, me encantaba (siempre que el entrenamiento me lo permitía) parar en algún pueblo de Extremadura a "hacer el café" (como mis amigos levantinos dirían). Entonces descubría el verdadero significado de la palabra tranquilidad, tanto física como moral. Tomándome mi café en lo que en cualquier ciudad española sería catalogado como tasca pero que a mi parecer son sitios únicos y con una atmósfera especial, escuchaba  las afables conversaciones que los viejinos del pueblo tenían entre sí; donde la mayoría de ocasiones acababa involucrado, ya que nunca pasaba desapercibido y rara vez se resistían a entablar conversación conmigo, ese extraño forastero que había llegado a su hogar embutido en licra y encima de una bicicleta de última generación.

Allí sentado, mientras apuraba mi café y tomaba aliento para el resto del entrenamiento, escuchaba atentamente sus temas de conversación y sus preocupaciones, acerca de las cuales discutían entre ellos. Estos fútiles acercamientos suponían para mí muchas veces salir de la burbuja donde vivo (donde la mayoría de debates e ideas que imperan ni si quiera han llegado a estas gentes) y regresar de golpe al mundo real (o mundo visible como diría Platón). Sin embargo, cuando pienso que esa realidad puede ser la mía para el resto de mi vida, se me viene el mundo encima.

Desde que llegué a Mérida me gusta observar a la gente. Cuando estoy en un bar me gusta fijarme en las personas, pero sobre todo en sus palabras: sus conversaciones, sus chascarrillos, sus opiniones, sus preocupaciones, sus pasiones... y he llegado a la conclusión (no quiero sonar soberbio ni pedante con estas palabras, creedme, sería de necio y gilipollas serlo) de que no quiero llevar su vida, lo sé con certeza. No es que me quiera ir de aquí, es que necesito escapar; no es lo mismo.

Extremadura y los extremeños me encantan (de hecho por momentos pienso que el sentimiento hacia mi tierra llega a ser nacionalista incluso), si bien el paisaje esta lejos de serlo, la región en si como ente abstracto me parece muy romántica. Pero cuando vivir en Extremadura supone hablar del partido del Madrid, quejarse de la última inane decisión del alcalde, soltar chistes casposos y despertarme todos los días para ir a mi oficina de la Conserjería de X a las ocho de la mañana... no me parece todo tan romántico.

Y aquí es donde entra en juego el título de la entrada, que hace referencia a la canción de mafalda de título homónimo. Me encanta esa canción y por supuesto os recomiendo escucharla. En concreto hay una estrofa que viene muy al caso:
"siempre he querido viajar y escapar de esta ciudad que huele a mierda. 
¿Y a qué esperas? Pues supongo que es verdad.
Este lugar no está de acuerdo con mis pensamientos,
¿me quedo y lo reconstruyo o mando a tomar por culo?"


Realmente aprecio a Mérida y a su gente, y valoro cada segundo que estoy aquí. Y por ello puedo decir de corazón que espero tener que añorarla allende las fronteras extremeñas en un futuro.

sábado, 27 de julio de 2019

Thibaut Pinot

Esta entrada de hoy viene motivada por lo acontecido hoy en la decimonovena etapa del Tour de Francia. A través del televisor he visto como el ciclista francés Thibaut Pinot, aquejado de una lesión que prácticamente le impedía pedalear, se descolgaba del pelotón entre lágrimas. Poco a poco le iban sobrepasando una gran cantidad de ciclistas que ya rodaban descolgados con una mezcla de sorpresa e indiferencia. Sólo sus compañeros de equipos se detenían a su altura para brindarle un poco de apoyo antes de proseguir su ruta, sabedores que no había nada que hacer por su líder. Finalmente, tras abrazarse desconsolado a su compañero William Bonnet y sin parar de llorar, decidió poner fin a su penitencia y retirarse de la carrera.


Por poner en contexto lo que ésto significa (especialmente a quien lea esto sin ser seguidor del ciclismo), Thibaut Pinot iba a tan sólo 20 segundos del ciclista que ha acabado la jornada de líder y antes de retirarse era uno de los tres máximos favoritos para ganar este Tour de Francia. Ganar el Tour de Francia es uno de los mayores hitos que se pueden conseguir en el mundo del deporte. En su caso además, al ser francés, estamos hablando que de haberlo ganado habría entrado en la historia de su país, ya que el Tour de Francia es un símbolo y orgullo nacional, y hay que remontarse hasta 1985 para encontrar al último ganador de Tour francés (Hinault). Su retirada forzosa de hoy es dura no sólo por ésto, si no por todo el tiempo que el francés llevaba preparándose para este momento. Y estoy hablando de años. Años que se esfuman generando una brutal impotencia.

Desgraciadamente, situaciones así son muy frecuentes en ciclismo. Gran cantidad de ciclistas ven truncadas sus opciones en el último momento por cosas en teoría ajenas a ellos como una caída o una lesión. Y digo en teoría, porque como muy acertadamente apuntaba hoy en Twitter @victormmartin (de paso aprovecho para decir que es uno de los tuiteros que más me gustan) no está muy claro hasta que punto estas desgracias son debidas a un factor de suerte o debidas a forzar el cuerpo más allá de tus límites.

Y aquí es a donde quería llegar, ya que para mi este último hecho es lo que hace diferente y tan duro al ciclismo. En algún otro deporte, lo máximo que te puede infligir el rival es una patada o si hablamos de deportes de contacto, un par de buenas hostias. En ciclismo el daño que te infligen los rivales es mucho más sutil y a la vez mucho más mortífero. Provocan que seas tú el que se hace el daño a sí mismo. Hacen que llegues a tu límite y una vez allí, lo saltes y sigas adelante hasta que tu límite desaparezca por el horizonte. Y pasando el límite vas cavando tu propia tumba, poco a poco de manera despiadada hasta que llega el momento en el que de una forma brutal e inhumana tu cuerpo dice basta. Ya sea en forma de lesión muscular como a nuestro desafortunado Thibaut, ya sea en forma de una enfermedad que ataca tu cuerpo indefenso como quien entra en un buffet libre, ya sea con una caída fácilmente evitable en condiciones normales (no tan fácil cuando tu cerebro tiene déficit de sangre) o ya sea simplemente porque tu cabeza ponga drásticamente fin a tanto sufrimiento y te obligue a volver dentro del límite diciéndote 'not today' como si de Arya Stark se tratase.