Estoy en una terraza en el centro de Sabadell. Pantalones de hipilongo, cami de los chikos del maíz, riño y El Salto en la mesa. Junto a él, una Alhambra 1925. En la riño un iPhone 12 y airpods en las orejas. El sol en la cara y Los Delinquentes en los oídos. Me encanta sonreír a los desconocidos y, en días como hoy, me encanta mi vida.
La deriva
domingo, 19 de septiembre de 2021
martes, 10 de agosto de 2021
Agallas
Lo que más me gusta de volver a Mérida es irme a tomar unas cervezas con mis padres. Un simple aperitivo que se torna en horas en una terraza del barrio. Intentar disimular que me estoy emborrachando como si volviese a tener quince años hasta percatarme de que ellos están más contentinos que yo. Tener la cena medio lista en casa pero pedir una ración, que aquí están muy buenas. Mi madre diciendo que no quiere nada, y siendo finalmente la que más engulle. Mi padre llamando a cada persona que nos atiende por su nombre, sin importar el lugar. Y esas personas teniendo que aguantar los chascarrillos de Juan como cada día. Las conversaciones con la mesa de al lado; ¿y este es el pequeño? Madre mía como está ya. Mi madre aprovechando para hablar todo lo que calla en casa. Y cuando claramente llega la hora de irse y mi padre alza la mano, y en lugar de pedir la cuenta pide dos cervezas más. Me gustaría pensar que simplemente aprovecha la ocasión de que estoy yo y le puedo acompañar con una cerveza más, pero la cara de resignación de mi madre me indica que no, que siempre es la misma historia. Nunca perdona esa cerveza, la última, la que nadie bebería, solo él. A veces pienso que bebo demasiada cerveza. Enseguida viene a mi mente mi padre diciéndome "¿de verdad no te vas a pedir una jarra?" y quejándose de todo el vino que bebía mi abuelo y se me pasa.
Otra cosa que me gusta mucho de volver a Mérida es reencontrarme con una baldosa de mi calle. Volver distraído a casa, pasar por su lado y que mi memoria viaje en el tiempo instantáneamente. No es una baldosa cualquiera; es una baldosa suelta. Cuando llueve, el agua se acumula en sus entrañas y cuando la pisas, la suelta toda. Hasta la última gota. Y te empapas los zapatos. Y te sientes el ser vivo más estúpido que habita en este planeta. Cada mañana camino al instituto pasaba por su lado. Bueno, miento, pasaba por encima suya. Y me mojaba. Y me juraba que al día siguiente no me volvería a pasar, que prestaría atención y que esta vez sí, evitaría esa maldita baldosa. Hasta que pasaban 24 horas y, completamente ensimismado, volvía a pisarla.
Cuando he pasado esta mañana a su lado, la baldosa me ha recordado un episodio con Eva. Eva era una chica de mi instituto, mayor que yo, con unos ojos preciosos y un aura bastante enigmático. Jamás intercambié más que un par de palabras con ella, pero era indudable que me gustaba. Me gusta mucho observar a las personas y, más concretamente, mirarlas a los ojos. Me quedaría a vivir en algunas miradas. A muchas les incomoda de sobremanera, lo que me hace ir con pies de plomo, especialmente con las mujeres. Yo disfruto mucho esos momentos, pero me atemoriza pensar que esa chica se va a sentir incómoda al sentir que la estoy mirando. Me encantaba observar a Eva. Aún recuerdo que me ponía nervioso cuando ella se acercaba en el instituto, y cómo de bobo me sentía cuando me cruzaba con ella por el barrio y al unísono ella me saludaba con un 'hola' y yo pronunciaba un 'adiós'. Hoy he recordado como un anodino mediodía en el que yo volvía del instituto con un colega, Eva nos gritó desde unos metros más atrás para que la esperásemos. Era la ocasión perfecta para entablar algo de conversación con ella. Mi yo de 15 años optó por inmediatamente despedirse de mi colega y cambiar de acera. -Por qué te vas- me preguntó ella. -Porque vivo aquí enfrente- dije yo, a lo que siguieron 300 metros andando en paralelo al otro lado de la calle que se hicieron eternos.
Me gusta pensar que yo soy así, que hallo la felicidad contemplando a ciertas personas desde la distancia sin pretender nada más. Sin embargo, en ocasiones me dan arrebatos de honestidad y reconozco que eso no es así, que yo hubiese sido más feliz besando a Eva que contemplándola desde el otro lado del patio, y que lo que realmente se escondía detrás de ese cruzar la calle no era otra cosa si no cobardía. No es que me gustase el status quo, es que me daba miedo intentar mejorarlo. No sé si era miedo al rechazo o qué, pero sin duda era miedo.
Este episodio de cobardía no ha sido la excepción si no la norma en mi vida. En numerosas ocasiones me sentí como con Eva. Y en muchas de ellas, tiempo después, descubrí que la curiosidad por la otra persona era recíproca. Tampoco es algo acotado al amor si no que he ido arrastrando esta intrínseca cobardía a lo largo de demasiadas decisiones en mi vida. Ojalá algún día poder perdonarme la mayor de todas ellas: no decirle a Iris que estuve hablando con Aitana durante el confinamiento.
Siento que en los meses venideros tomaré decisiones que marcarán el rumbo que tomará mi vida. Dicen que hay que conformarse con las cosas que no se pueden cambiar, que hay que tener valor para intentar cambiar las que sí se pueden cambiar y que hay que tener sabiduría para distinguir unas de otras. A mí me falla lo de la sabiduría. Espero encontrar en estas cervezas con mis padres la valentía que necesito. Como dice la canción de Berri Txarrak: burua galdu, bihotza eman.
viernes, 30 de julio de 2021
Soilik Agur
domingo, 30 de agosto de 2020
El fin de la deriva
Termina agosto, y con él se termina también mi deriva, esa que tanto vértigo me daba y con la que empecé este blog.
Creo que es una buena idea volver atrás y recapitular lo que ha deparado este último año (ya no por que sea interesante que los demás -vosotras- lo conozcáis, si no porque creo que es un ejercicio que me vendrá bien para hacer balance y poner en perspectiva el año, y estoy seguro de que a mi yo del futuro le encantará volver aquí y repasar que deparó el año más intrascendente y a la vez el más importante y complicado de explicar de lo que llevo de vida).
El verano pasado fue sencillamente increíble. Fue un verano que sirvió de epílogo del Erasmus (tanto en Bélgica como en España), de reencuentros y también de conocer -y reconocer- nuevas personas. También fue un verano de acontecimientos y noticias importantes. En el camping de un festival preparé la presentación de la defensa de mi TFG, y en el camping de otro festival me enteré que me habían otorgado la matrícula de honor (con un 9,9, a pesar incluso de que meses después fuese nombrado como uno de los 8 mejores TFGs de España en el área de economía. Gracias, María José. De corazón.)
También fue en el verano pasado cuando ocurrió lo más importante de esta Deriva, y es que decidí casi con total seguridad a donde encaminar mi vida. Y así debía ser, pues el año en casa debía servir no solo para pensar -que también- si no para actuar y, como bien pude comprobar, ciertos plazos vuelan.
Como ya dejé entrever en la entrada "¿Prefiero ser un indio que un importante abogado?", opté por la opción del mainstream. Y a ello me puse: buscar másteres (únicamente en España, ya que después de mi paso por Lieja no me apetecía irme al extranjero por un tiempo, si bien Portugal era una excepción que estaba más que dispuesto a aceptar), planes de estudio, salidas hacia un doctorado, plazos y requisitos. También muchos correos y consultas.
Fui perfilando la lista y acabé teniéndolo claro: los tres mejores programas de doctorado en economía en España son los de la Autònoma de Barcelona, Pompeu Fabra y Carlos III de Madrid. También incluí en mi lista los que consideraba los mejores de Portugal, ISEG y la Nova de Lisboa. En caso de no ser admitido en éstas, había otras opciones, pero los requisitos eran menores y los plazos comenzaban más tarde, así que no me preocupé en demasía.
Así pues, me puse manos a la obra. El primer paso fue el C1 de inglés, y después el GRE (un examen estandarizado típico de los postgrados estadounidenses, cada vez más común en universidades europeas. La parte que me interesaba es el examen de razonamiento cuantitativo, ya que en estos programas exigen un nivel mínimo en matemáticas y la fuente más fiable para las universidades para conocer el nivel de un alumno, antes que las notas de la carrera, es la nota en el GRE). No me encontraba realmente motivado para hacer el examen GRE (no tenía ninguna gana de ponerme a estudiar y hacer un examen así) pero una vez tuve claro que, pese a ser voluntario, el GRE marcaría la diferencia entre ser admitido y no, me decidí a hacerlo. No me perdonaría haber estado un año en casa y no haber realizado este examen.
Los plazos, que en un principio parecía cumplir sobrado, comenzaban a echarse encima. Tenía que hacer el examen antes de que acabase el año, y algunos viajes y mi pereza inicial no me dejaba mucho tiempo. El momento de preparación del GRE fue sin duda el momento de más estrés en todo el año (si bien dejó entre medias una semana de ensueño en Valencia, y dos noches en Granada y Málaga que jamás olvidaré, con sus dos respectivos conciertos con resaca de los Chikos del Maíz); y el momento en el que acabé el examen y apareció en la pantalla la nota final y que lo había logrado, el momento de más alegría. Y de tranquilidad. Ahora me cogerían o no, pero yo había hecho todo lo que estaba en mi mano (carta de motivación incluida). Nunca las navidades llegaron en mejor momento.
Siempre añoraré esos meses en Mérida, cuando el frío se iba echando encima poco a poco, cuando salía de clases de francés y me ponía a estudiar en la habitación de mi hermana; o despertarme día tras día con la casa en la que había vivido toda mi vida para mí solo.
Era 2020, ahora tocaba aprovechar los meses que quedaban. Como todo el mundo, ni si quiera podía imaginarme la que se iba a venir encima. Pero tampoco me apetece hablar de eso ahora. Sí que quiero aclarar una duda que igual algunos tenéis: ¿qué pasó, te admitieron? Os voy a ser 100% sincero. El día 1 de enero, volviendo a casa con el sol saliendo a mis espaldas, bastante borracho y con una sensación de enorme felicidad, tenía serias dudas sobre si sería admitido tan siquiera en alguna de esas universidades. No os voy a engañar, mi ego me incitaba a pensar que sería admitido en la mayoría de ellas, pero tras escuchar a mis profesores y comprender la dificultad que entrañaba ser admitido, tocaba ser realista.
Por eso mismo, cada vez que mi teléfono sonaba con la notificación de un nuevo correo electrónico me ponía nervioso, y por eso mismo recibí con enorme alegría cada carta de admisión. Las más ilusionantes fueron la primera, de la UAB, por la enorme tranquilidad que me transmitió, al constatar que había logrado el principal objetivo del año y que sí o sí estaría estudiando en una de los lugares deseados al curso siguiente; y también la última, meses después, de la UC3M, ya que ésta era en principio mi primera opción y la, a priori, más complicada y, sobretodo, porque significaba un pleno: había sido admitido en todas las universidades a las que había aplicado. Podría decir que esa última carta de admisión no cambió en nada mi futuro, pero sí que cargó mi ego hasta los topes.
Esta entrada la estoy escribiendo en Cerdanyola del Vallès, a escasos metros de la Universitat Autònoma de Barcelona. La siguiente pregunta es lógica: ¿por qué elegiste la UAB? Creo que nunca me enfrenté a una decisión tan importante. Bendito problema.
Si bien he de admitir que fue decisivo el testimonio de Ángel, uno de mis profesores de la carrera y el único que me recomendó con determinación una de las universidades en concreto, lo que me impulsó a elegir a la UAB por delante de las demás es algo mucho más sencillo y que para muchos puede parecer una tontería. Todas las universidades me comunicaron su admisión con un correo automático y extremadamente impersonal. Algunas incluso añadieron un dosier super cool de lo guay que era estudiar en su universidad. A la carta de admisión de la UAB le siguió no uno de estos dosieres, si no un correo del director del programa mucho más personal animándome a aceptar la plaza y poniéndose a mi disposición para charlar en cualquier momento.
En las sucesivas comunicaciones pude confirmar la impresión que me transmitió ese correo: cercanía. No tengo duda de que ese mismo correo le llegó a cada estudiante que fue admitido en el programa (o una versión traducida para los estudiantes extranjeros, que suponen más del 70% de los estudiantes), pero alguien que me conociese a la perfección no lo habría hecho mejor para convencerme de que aceptase. El dinero y el prestigio son variables a tener en cuenta, pero estar en un sitio donde te sientes cómodo para mí es algo inigualable.
Así que allí estaré el próximo 1 de septiembre, con mi camiseta con la cara de Lenin que reza "ritmo caribeño y flow soviético" y una enorme sonrisa dibujada en la cara bajo la mascarilla.
Y toda la ilusión del mundo. Y es que a todo el mundo le digo que me siento como cuando hice selectividad y me iba a Granada, pero la realidad es que mi ilusión es aún mayor y además llego con la lección aprendida de que debo aprovechar el tiempo. Por primera vez en mi vida estoy realmente motivado para estudiar. Esta vez no estudio porque es lo que toca, si no porque realmente quiero. Además, si bien llevo toda mi vida escuchando eso de que "el año que viene no te valdrá, tendrás que estudiar de verdad", cuando me lo han dicho esta vez sí que me lo he creído.
Así pues, os aseguro que no me falta ni una pizca de motivación. No negaré que a escasas horas de empezar esta nueva etapa tengo nervios y también muchas dudas, no tanto por si elegí la universidad correcta, si no sobre si elegí el camino correcto; algo mucho más profundo y jodido. Pero como dice Manolo Chinato al principio de Stand By: "me enervan los que no tienen dudas y aquellos que se aferran a sus ideales sobre los de cualquiera".
Creo que esta entrada está siendo bastante más larga de lo habitual así que creo que va siendo hora de terminarla. Estoy sellando este fin de la deriva y abriendo esta nueva etapa con algo de incienso y un cava barato del Mercadona. Y me gustaría brindar aunque sea metafóricamente por las personas que han supuesto una bocanada de aire fresco en esta deriva personal. Aquellos que han convertido un año presumiblemente aburrido y solitario en Mérida en algo extremadamente enriquecedor, divertido y guay. Este destierro en tierra propia se hizo llevadero gracias a Álex, Víctor, Isma, Alberto y más emeritenses. Salud.
domingo, 10 de mayo de 2020
Las personas somos un mar de fueguitos
viernes, 4 de octubre de 2019
Bam Bam
sábado, 27 de julio de 2019
Thibaut Pinot
Por poner en contexto lo que ésto significa (especialmente a quien lea esto sin ser seguidor del ciclismo), Thibaut Pinot iba a tan sólo 20 segundos del ciclista que ha acabado la jornada de líder y antes de retirarse era uno de los tres máximos favoritos para ganar este Tour de Francia. Ganar el Tour de Francia es uno de los mayores hitos que se pueden conseguir en el mundo del deporte. En su caso además, al ser francés, estamos hablando que de haberlo ganado habría entrado en la historia de su país, ya que el Tour de Francia es un símbolo y orgullo nacional, y hay que remontarse hasta 1985 para encontrar al último ganador de Tour francés (Hinault). Su retirada forzosa de hoy es dura no sólo por ésto, si no por todo el tiempo que el francés llevaba preparándose para este momento. Y estoy hablando de años. Años que se esfuman generando una brutal impotencia.
Desgraciadamente, situaciones así son muy frecuentes en ciclismo. Gran cantidad de ciclistas ven truncadas sus opciones en el último momento por cosas en teoría ajenas a ellos como una caída o una lesión. Y digo en teoría, porque como muy acertadamente apuntaba hoy en Twitter @victormmartin (de paso aprovecho para decir que es uno de los tuiteros que más me gustan) no está muy claro hasta que punto estas desgracias son debidas a un factor de suerte o debidas a forzar el cuerpo más allá de tus límites.
Y aquí es a donde quería llegar, ya que para mi este último hecho es lo que hace diferente y tan duro al ciclismo. En algún otro deporte, lo máximo que te puede infligir el rival es una patada o si hablamos de deportes de contacto, un par de buenas hostias. En ciclismo el daño que te infligen los rivales es mucho más sutil y a la vez mucho más mortífero. Provocan que seas tú el que se hace el daño a sí mismo. Hacen que llegues a tu límite y una vez allí, lo saltes y sigas adelante hasta que tu límite desaparezca por el horizonte. Y pasando el límite vas cavando tu propia tumba, poco a poco de manera despiadada hasta que llega el momento en el que de una forma brutal e inhumana tu cuerpo dice basta. Ya sea en forma de lesión muscular como a nuestro desafortunado Thibaut, ya sea en forma de una enfermedad que ataca tu cuerpo indefenso como quien entra en un buffet libre, ya sea con una caída fácilmente evitable en condiciones normales (no tan fácil cuando tu cerebro tiene déficit de sangre) o ya sea simplemente porque tu cabeza ponga drásticamente fin a tanto sufrimiento y te obligue a volver dentro del límite diciéndote 'not today' como si de Arya Stark se tratase.
