martes, 10 de agosto de 2021

Agallas

Lo que más me gusta de volver a Mérida es irme a tomar unas cervezas con mis padres. Un simple aperitivo que se torna en horas en una terraza del barrio. Intentar disimular que me estoy emborrachando como si volviese a tener quince años hasta percatarme de que ellos están más contentinos que yo. Tener la cena medio lista en casa pero pedir una ración, que aquí están muy buenas. Mi madre diciendo que no quiere nada, y siendo finalmente la que más engulle. Mi padre llamando a cada persona que nos atiende por su nombre, sin importar el lugar. Y esas personas teniendo que aguantar los chascarrillos de Juan como cada día. Las conversaciones con la mesa de al lado; ¿y este es el pequeño? Madre mía como está ya. Mi madre aprovechando para hablar todo lo que calla en casa. Y cuando claramente llega la hora de irse y mi padre alza la mano, y en lugar de pedir la cuenta pide dos cervezas más. Me gustaría pensar que simplemente aprovecha la ocasión de que estoy yo y le puedo acompañar con una cerveza más, pero la cara de resignación de mi madre me indica que no, que siempre es la misma historia. Nunca perdona esa cerveza, la última, la que nadie bebería, solo él. A veces pienso que bebo demasiada cerveza. Enseguida viene a mi mente mi padre diciéndome "¿de verdad no te vas a pedir una jarra?" y quejándose de todo el vino que bebía mi abuelo y se me pasa.


Otra cosa que me gusta mucho de volver a Mérida es reencontrarme con una baldosa de mi calle. Volver distraído a casa, pasar por su lado y que mi memoria viaje en el tiempo instantáneamente. No es una baldosa cualquiera; es una baldosa suelta. Cuando llueve, el agua se acumula en sus entrañas y cuando la pisas, la suelta toda. Hasta la última gota. Y te empapas los zapatos. Y te sientes el ser vivo más estúpido que habita en este planeta. Cada mañana camino al instituto pasaba por su lado. Bueno, miento, pasaba por encima suya. Y me mojaba. Y me juraba que al día siguiente no me volvería a pasar, que prestaría atención y que esta vez sí, evitaría esa maldita baldosa. Hasta que pasaban 24 horas y, completamente ensimismado, volvía a pisarla.


Cuando he pasado esta mañana a su lado, la baldosa me ha recordado un episodio con Eva. Eva era una chica de mi instituto, mayor que yo, con unos ojos preciosos y un aura bastante enigmático. Jamás intercambié más que un par de palabras con ella, pero era indudable que me gustaba. Me gusta mucho observar a las personas y, más concretamente, mirarlas a los ojos. Me quedaría a vivir en algunas miradas. A muchas les incomoda de sobremanera, lo que me hace ir con pies de plomo, especialmente con las mujeres. Yo disfruto mucho esos momentos, pero me atemoriza pensar que esa chica se va a sentir incómoda al sentir que la estoy mirando. Me encantaba observar a Eva. Aún recuerdo que me ponía nervioso cuando ella se acercaba en el instituto, y cómo de bobo me sentía cuando me cruzaba con ella por el barrio y al unísono ella me saludaba con un 'hola' y yo pronunciaba un 'adiós'. Hoy he recordado como un anodino mediodía en el que yo volvía del instituto con un colega, Eva nos gritó desde unos metros más atrás para que la esperásemos. Era la ocasión perfecta para entablar algo de conversación con ella. Mi yo de 15 años optó por inmediatamente despedirse de mi colega y cambiar de acera. -Por qué te vas- me preguntó ella. -Porque vivo aquí enfrente- dije yo, a lo que siguieron 300 metros andando en paralelo al otro lado de la calle que se hicieron eternos.


Me gusta pensar que yo soy así, que hallo la felicidad contemplando a ciertas personas desde la distancia sin pretender nada más. Sin embargo, en ocasiones me dan arrebatos de honestidad y reconozco que eso no es así, que yo hubiese sido más feliz besando a Eva que contemplándola desde el otro lado del patio, y que lo que realmente se escondía detrás de ese cruzar la calle no era otra cosa si no cobardía. No es que me gustase el status quo, es que me daba miedo intentar mejorarlo. No sé si era miedo al rechazo o qué, pero sin duda era miedo.


Este episodio de cobardía no ha sido la excepción si no la norma en mi vida. En numerosas ocasiones me sentí como con Eva. Y en muchas de ellas, tiempo después, descubrí que la curiosidad por la otra persona era recíproca. Tampoco es algo acotado al amor si no que he ido arrastrando esta intrínseca cobardía a lo largo de demasiadas decisiones en mi vida. Ojalá algún día poder perdonarme la mayor de todas ellas: no decirle a Iris que estuve hablando con Aitana durante el confinamiento. 


Siento que en los meses venideros tomaré decisiones que marcarán el rumbo que tomará mi vida. Dicen que hay que conformarse con las cosas que no se pueden cambiar, que hay que tener valor para intentar cambiar las que sí se pueden cambiar y que hay que tener sabiduría para distinguir unas de otras. A mí me falla lo de la sabiduría. Espero encontrar en estas cervezas con mis padres la valentía que necesito. Como dice la canción de Berri Txarrak: burua galdu, bihotza eman. 

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