sábado, 27 de julio de 2019

Thibaut Pinot

Esta entrada de hoy viene motivada por lo acontecido hoy en la decimonovena etapa del Tour de Francia. A través del televisor he visto como el ciclista francés Thibaut Pinot, aquejado de una lesión que prácticamente le impedía pedalear, se descolgaba del pelotón entre lágrimas. Poco a poco le iban sobrepasando una gran cantidad de ciclistas que ya rodaban descolgados con una mezcla de sorpresa e indiferencia. Sólo sus compañeros de equipos se detenían a su altura para brindarle un poco de apoyo antes de proseguir su ruta, sabedores que no había nada que hacer por su líder. Finalmente, tras abrazarse desconsolado a su compañero William Bonnet y sin parar de llorar, decidió poner fin a su penitencia y retirarse de la carrera.


Por poner en contexto lo que ésto significa (especialmente a quien lea esto sin ser seguidor del ciclismo), Thibaut Pinot iba a tan sólo 20 segundos del ciclista que ha acabado la jornada de líder y antes de retirarse era uno de los tres máximos favoritos para ganar este Tour de Francia. Ganar el Tour de Francia es uno de los mayores hitos que se pueden conseguir en el mundo del deporte. En su caso además, al ser francés, estamos hablando que de haberlo ganado habría entrado en la historia de su país, ya que el Tour de Francia es un símbolo y orgullo nacional, y hay que remontarse hasta 1985 para encontrar al último ganador de Tour francés (Hinault). Su retirada forzosa de hoy es dura no sólo por ésto, si no por todo el tiempo que el francés llevaba preparándose para este momento. Y estoy hablando de años. Años que se esfuman generando una brutal impotencia.

Desgraciadamente, situaciones así son muy frecuentes en ciclismo. Gran cantidad de ciclistas ven truncadas sus opciones en el último momento por cosas en teoría ajenas a ellos como una caída o una lesión. Y digo en teoría, porque como muy acertadamente apuntaba hoy en Twitter @victormmartin (de paso aprovecho para decir que es uno de los tuiteros que más me gustan) no está muy claro hasta que punto estas desgracias son debidas a un factor de suerte o debidas a forzar el cuerpo más allá de tus límites.

Y aquí es a donde quería llegar, ya que para mi este último hecho es lo que hace diferente y tan duro al ciclismo. En algún otro deporte, lo máximo que te puede infligir el rival es una patada o si hablamos de deportes de contacto, un par de buenas hostias. En ciclismo el daño que te infligen los rivales es mucho más sutil y a la vez mucho más mortífero. Provocan que seas tú el que se hace el daño a sí mismo. Hacen que llegues a tu límite y una vez allí, lo saltes y sigas adelante hasta que tu límite desaparezca por el horizonte. Y pasando el límite vas cavando tu propia tumba, poco a poco de manera despiadada hasta que llega el momento en el que de una forma brutal e inhumana tu cuerpo dice basta. Ya sea en forma de lesión muscular como a nuestro desafortunado Thibaut, ya sea en forma de una enfermedad que ataca tu cuerpo indefenso como quien entra en un buffet libre, ya sea con una caída fácilmente evitable en condiciones normales (no tan fácil cuando tu cerebro tiene déficit de sangre) o ya sea simplemente porque tu cabeza ponga drásticamente fin a tanto sufrimiento y te obligue a volver dentro del límite diciéndote 'not today' como si de Arya Stark se tratase.

No hay comentarios:

Publicar un comentario