Termina agosto, y con él se termina también mi deriva, esa que tanto vértigo me daba y con la que empecé este blog.
Creo que es una buena idea volver atrás y recapitular lo que ha deparado este último año (ya no por que sea interesante que los demás -vosotras- lo conozcáis, si no porque creo que es un ejercicio que me vendrá bien para hacer balance y poner en perspectiva el año, y estoy seguro de que a mi yo del futuro le encantará volver aquí y repasar que deparó el año más intrascendente y a la vez el más importante y complicado de explicar de lo que llevo de vida).
El verano pasado fue sencillamente increíble. Fue un verano que sirvió de epílogo del Erasmus (tanto en Bélgica como en España), de reencuentros y también de conocer -y reconocer- nuevas personas. También fue un verano de acontecimientos y noticias importantes. En el camping de un festival preparé la presentación de la defensa de mi TFG, y en el camping de otro festival me enteré que me habían otorgado la matrícula de honor (con un 9,9, a pesar incluso de que meses después fuese nombrado como uno de los 8 mejores TFGs de España en el área de economía. Gracias, María José. De corazón.)
También fue en el verano pasado cuando ocurrió lo más importante de esta Deriva, y es que decidí casi con total seguridad a donde encaminar mi vida. Y así debía ser, pues el año en casa debía servir no solo para pensar -que también- si no para actuar y, como bien pude comprobar, ciertos plazos vuelan.
Como ya dejé entrever en la entrada "¿Prefiero ser un indio que un importante abogado?", opté por la opción del mainstream. Y a ello me puse: buscar másteres (únicamente en España, ya que después de mi paso por Lieja no me apetecía irme al extranjero por un tiempo, si bien Portugal era una excepción que estaba más que dispuesto a aceptar), planes de estudio, salidas hacia un doctorado, plazos y requisitos. También muchos correos y consultas.
Fui perfilando la lista y acabé teniéndolo claro: los tres mejores programas de doctorado en economía en España son los de la Autònoma de Barcelona, Pompeu Fabra y Carlos III de Madrid. También incluí en mi lista los que consideraba los mejores de Portugal, ISEG y la Nova de Lisboa. En caso de no ser admitido en éstas, había otras opciones, pero los requisitos eran menores y los plazos comenzaban más tarde, así que no me preocupé en demasía.
Así pues, me puse manos a la obra. El primer paso fue el C1 de inglés, y después el GRE (un examen estandarizado típico de los postgrados estadounidenses, cada vez más común en universidades europeas. La parte que me interesaba es el examen de razonamiento cuantitativo, ya que en estos programas exigen un nivel mínimo en matemáticas y la fuente más fiable para las universidades para conocer el nivel de un alumno, antes que las notas de la carrera, es la nota en el GRE). No me encontraba realmente motivado para hacer el examen GRE (no tenía ninguna gana de ponerme a estudiar y hacer un examen así) pero una vez tuve claro que, pese a ser voluntario, el GRE marcaría la diferencia entre ser admitido y no, me decidí a hacerlo. No me perdonaría haber estado un año en casa y no haber realizado este examen.
Los plazos, que en un principio parecía cumplir sobrado, comenzaban a echarse encima. Tenía que hacer el examen antes de que acabase el año, y algunos viajes y mi pereza inicial no me dejaba mucho tiempo. El momento de preparación del GRE fue sin duda el momento de más estrés en todo el año (si bien dejó entre medias una semana de ensueño en Valencia, y dos noches en Granada y Málaga que jamás olvidaré, con sus dos respectivos conciertos con resaca de los Chikos del Maíz); y el momento en el que acabé el examen y apareció en la pantalla la nota final y que lo había logrado, el momento de más alegría. Y de tranquilidad. Ahora me cogerían o no, pero yo había hecho todo lo que estaba en mi mano (carta de motivación incluida). Nunca las navidades llegaron en mejor momento.
Siempre añoraré esos meses en Mérida, cuando el frío se iba echando encima poco a poco, cuando salía de clases de francés y me ponía a estudiar en la habitación de mi hermana; o despertarme día tras día con la casa en la que había vivido toda mi vida para mí solo.
Era 2020, ahora tocaba aprovechar los meses que quedaban. Como todo el mundo, ni si quiera podía imaginarme la que se iba a venir encima. Pero tampoco me apetece hablar de eso ahora. Sí que quiero aclarar una duda que igual algunos tenéis: ¿qué pasó, te admitieron? Os voy a ser 100% sincero. El día 1 de enero, volviendo a casa con el sol saliendo a mis espaldas, bastante borracho y con una sensación de enorme felicidad, tenía serias dudas sobre si sería admitido tan siquiera en alguna de esas universidades. No os voy a engañar, mi ego me incitaba a pensar que sería admitido en la mayoría de ellas, pero tras escuchar a mis profesores y comprender la dificultad que entrañaba ser admitido, tocaba ser realista.
Por eso mismo, cada vez que mi teléfono sonaba con la notificación de un nuevo correo electrónico me ponía nervioso, y por eso mismo recibí con enorme alegría cada carta de admisión. Las más ilusionantes fueron la primera, de la UAB, por la enorme tranquilidad que me transmitió, al constatar que había logrado el principal objetivo del año y que sí o sí estaría estudiando en una de los lugares deseados al curso siguiente; y también la última, meses después, de la UC3M, ya que ésta era en principio mi primera opción y la, a priori, más complicada y, sobretodo, porque significaba un pleno: había sido admitido en todas las universidades a las que había aplicado. Podría decir que esa última carta de admisión no cambió en nada mi futuro, pero sí que cargó mi ego hasta los topes.
Esta entrada la estoy escribiendo en Cerdanyola del Vallès, a escasos metros de la Universitat Autònoma de Barcelona. La siguiente pregunta es lógica: ¿por qué elegiste la UAB? Creo que nunca me enfrenté a una decisión tan importante. Bendito problema.
Si bien he de admitir que fue decisivo el testimonio de Ángel, uno de mis profesores de la carrera y el único que me recomendó con determinación una de las universidades en concreto, lo que me impulsó a elegir a la UAB por delante de las demás es algo mucho más sencillo y que para muchos puede parecer una tontería. Todas las universidades me comunicaron su admisión con un correo automático y extremadamente impersonal. Algunas incluso añadieron un dosier super cool de lo guay que era estudiar en su universidad. A la carta de admisión de la UAB le siguió no uno de estos dosieres, si no un correo del director del programa mucho más personal animándome a aceptar la plaza y poniéndose a mi disposición para charlar en cualquier momento.
En las sucesivas comunicaciones pude confirmar la impresión que me transmitió ese correo: cercanía. No tengo duda de que ese mismo correo le llegó a cada estudiante que fue admitido en el programa (o una versión traducida para los estudiantes extranjeros, que suponen más del 70% de los estudiantes), pero alguien que me conociese a la perfección no lo habría hecho mejor para convencerme de que aceptase. El dinero y el prestigio son variables a tener en cuenta, pero estar en un sitio donde te sientes cómodo para mí es algo inigualable.
Así que allí estaré el próximo 1 de septiembre, con mi camiseta con la cara de Lenin que reza "ritmo caribeño y flow soviético" y una enorme sonrisa dibujada en la cara bajo la mascarilla.
Y toda la ilusión del mundo. Y es que a todo el mundo le digo que me siento como cuando hice selectividad y me iba a Granada, pero la realidad es que mi ilusión es aún mayor y además llego con la lección aprendida de que debo aprovechar el tiempo. Por primera vez en mi vida estoy realmente motivado para estudiar. Esta vez no estudio porque es lo que toca, si no porque realmente quiero. Además, si bien llevo toda mi vida escuchando eso de que "el año que viene no te valdrá, tendrás que estudiar de verdad", cuando me lo han dicho esta vez sí que me lo he creído.
Así pues, os aseguro que no me falta ni una pizca de motivación. No negaré que a escasas horas de empezar esta nueva etapa tengo nervios y también muchas dudas, no tanto por si elegí la universidad correcta, si no sobre si elegí el camino correcto; algo mucho más profundo y jodido. Pero como dice Manolo Chinato al principio de Stand By: "me enervan los que no tienen dudas y aquellos que se aferran a sus ideales sobre los de cualquiera".
Creo que esta entrada está siendo bastante más larga de lo habitual así que creo que va siendo hora de terminarla. Estoy sellando este fin de la deriva y abriendo esta nueva etapa con algo de incienso y un cava barato del Mercadona. Y me gustaría brindar aunque sea metafóricamente por las personas que han supuesto una bocanada de aire fresco en esta deriva personal. Aquellos que han convertido un año presumiblemente aburrido y solitario en Mérida en algo extremadamente enriquecedor, divertido y guay. Este destierro en tierra propia se hizo llevadero gracias a Álex, Víctor, Isma, Alberto y más emeritenses. Salud.