viernes, 4 de octubre de 2019

Bam Bam

Copiando a mi colega Fran Reyes y su ñusléter, recomiendo leer esta entrada mientras escuchas la siguiente canción, que más que definir como me siento mientras escribo estas palabras, define como no me quiero sentir nunca.



Escribo esta entrada desde Mérida, donde estaré por al menos un año. Dónde estaré en el futuro es una pregunta que creo que todo el mundo se hace. Quedarse en Extremadura es algo muy difícil, ya no digo en Mérida. Ésto, que atormentaría a cualquiera (o al menos molestaría), yo lo siento más bien como un alivio.

Antes, cuando el ciclismo aún suponía mi utopía particular y veía moverse las agujas del reloj desde el sillín de mi bicicleta, me encantaba (siempre que el entrenamiento me lo permitía) parar en algún pueblo de Extremadura a "hacer el café" (como mis amigos levantinos dirían). Entonces descubría el verdadero significado de la palabra tranquilidad, tanto física como moral. Tomándome mi café en lo que en cualquier ciudad española sería catalogado como tasca pero que a mi parecer son sitios únicos y con una atmósfera especial, escuchaba  las afables conversaciones que los viejinos del pueblo tenían entre sí; donde la mayoría de ocasiones acababa involucrado, ya que nunca pasaba desapercibido y rara vez se resistían a entablar conversación conmigo, ese extraño forastero que había llegado a su hogar embutido en licra y encima de una bicicleta de última generación.

Allí sentado, mientras apuraba mi café y tomaba aliento para el resto del entrenamiento, escuchaba atentamente sus temas de conversación y sus preocupaciones, acerca de las cuales discutían entre ellos. Estos fútiles acercamientos suponían para mí muchas veces salir de la burbuja donde vivo (donde la mayoría de debates e ideas que imperan ni si quiera han llegado a estas gentes) y regresar de golpe al mundo real (o mundo visible como diría Platón). Sin embargo, cuando pienso que esa realidad puede ser la mía para el resto de mi vida, se me viene el mundo encima.

Desde que llegué a Mérida me gusta observar a la gente. Cuando estoy en un bar me gusta fijarme en las personas, pero sobre todo en sus palabras: sus conversaciones, sus chascarrillos, sus opiniones, sus preocupaciones, sus pasiones... y he llegado a la conclusión (no quiero sonar soberbio ni pedante con estas palabras, creedme, sería de necio y gilipollas serlo) de que no quiero llevar su vida, lo sé con certeza. No es que me quiera ir de aquí, es que necesito escapar; no es lo mismo.

Extremadura y los extremeños me encantan (de hecho por momentos pienso que el sentimiento hacia mi tierra llega a ser nacionalista incluso), si bien el paisaje esta lejos de serlo, la región en si como ente abstracto me parece muy romántica. Pero cuando vivir en Extremadura supone hablar del partido del Madrid, quejarse de la última inane decisión del alcalde, soltar chistes casposos y despertarme todos los días para ir a mi oficina de la Conserjería de X a las ocho de la mañana... no me parece todo tan romántico.

Y aquí es donde entra en juego el título de la entrada, que hace referencia a la canción de mafalda de título homónimo. Me encanta esa canción y por supuesto os recomiendo escucharla. En concreto hay una estrofa que viene muy al caso:
"siempre he querido viajar y escapar de esta ciudad que huele a mierda. 
¿Y a qué esperas? Pues supongo que es verdad.
Este lugar no está de acuerdo con mis pensamientos,
¿me quedo y lo reconstruyo o mando a tomar por culo?"


Realmente aprecio a Mérida y a su gente, y valoro cada segundo que estoy aquí. Y por ello puedo decir de corazón que espero tener que añorarla allende las fronteras extremeñas en un futuro.

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